
Había una vez, un Señor de avanzada edad, muy bueno , que quería mucho a los niños y era dueño de un petisito – un caballito de pelo rizado, de color marrón tabaco, con algunas pintitas blancas, con ojos redondos, de mirar profundo, que relucían con el sol y parecían echar chispitas de colores al ver a los niños; medía nada más que 90 centímetros de altura - al que los chicos del barrio le pusieron el nombre de PONY- porque era de ellos.
El buen señor permitía que todos los días del año montaran al petisito los chicos. Tanto que el caballito ya los conocía a todos y saben lo que hacían : una vez que volvían de sus escuelas, los niños se colocaban en una larga fila y venía Pony y les daba una vuelta a cada uno. Era una vuelta alrededor del parque que quedaba a dos cuadras del barrio.Eso sí, el petiso sabía perfectamente, a quién había llevado y en cuanto regresaba al punto de partida, hincaba sus manos y hacía que el chico se bajara de su lomo para que subiera el siguiente. Esto lo hacía luego de un relincho que indicaba que partiría otra vez...y asi hasta que paseaba al último chiquilín que era cuando los rayos del sol no alumbraban casi.
Pero sucedió un día que al barrio llegó una niñita muy bonita y consentida. Era hija de un adinerado cineasta y realmente tenía un rostro bellísimo: blanca, de grandes ojos verdosos, con un cabello larguísimo con reflejos rojizos, alta y esbelta; pero, sus modales no eran los más aconsejables para una niña. Estaba acostumbrada a reñir con sus vecinos y a empacarse cuando no le hacían el gusto; y a veces hasta se tiraba en el piso a patalear. Hija única, sus padres siempre le habían consentido en todo, y quizá por eso era tan caprichosa. Más de una vez sus maestros quisieron educarla, mas siempre venían los padres con reclamos. Así que en vez de exigirle, la dejaban que hiciera lo que quisiera.
Lo que no sabía esta niñita es que estaba por encontrar a quien le enseñaría que además de sus gustos están los de los demás.
Y que todos los niños tienen los mismos derechos, cuando se comportan bien.
Al ver que los chicos del barrio paseaban en el petisito, Mirella, que así se llamaba la nena rubia, quiso pasear ella también. El primer día, fue, pidió permiso, hizo la fila, y subió al petisito como todos los demás. Mas, cuando llegó a su casa, pidió a sus padres que le compraran el petiso. Y por más que trataron de convencerla de que no, tuvieron que darle la razón cuando ella se echó debajo de la enorme mesa del living y comenzó a proferir gritos y patalear tan fuerte que llamó la atención de los vecinos. Así fue como el padre le dijo:-está bien, Mirella. Yo hablaré con el dueño y si lo vende será para ti.
El padre de Mirella, afligido porque preveía lo que sucedería, fue a hablar con Don Chicho que así se llamaba el dueño del poney. El caballero lo recibió en su casa, lo hizo pasar y le sirvió un refresco por cuanto hacía bastante calor. Luego, le preguntó a qué se debía su visita a lo que Juan Pablo, el papá de la niña, contestó: -yo he venido a comprarle el petisito para mi hija.
De inmediato, Don Chicho le respondió: -de ninguna manera. Pony no tiene precio ni se lo vendo a nadie porque es de todos los chicos del barrio.Yo se los doné porque es el paseo diario, el entretenimiento más sano que puedo brindarle a los niños y continuó: -cuando yo era pequeño soñaba con montar un petisito como ése y mis padres, que eran pobres, no me lo podían comprar. De vez en cuando, venían al barrio dos mexicanos que traían sendos petisitos adornados con los cuales paseaban y fotografiaban a los niños. Ellos, me los prestaban cuando terminaba la jornada para que pudiera dar una vuelta a la plaza. Eso me llenó tanto de alegría que me dije: - si alguna vez puedo, regalaré un petisito a los niños para que estén contentos- Así que, ahora que disfruto de un buen pasar, he adquirido ese caballito para que todos los niños del barrio o los que quieran venir, puedan ser felices dando una vuelta. Lo compré recién nacido y lo crié con mucho amor, le enseñé a dar siempre la misma vuelta, a llevar a los chicos sin permitir que se cayeran o lastimaran y a bajarlos al cumplir una vuelta. Si usted quiere, puedo darle el teléfono del criador de estos caballos. Allí le darán a elegir a su hija el que más le guste.
Bueno, como se imaginarán, Juan Pablo quiso explicar a la nena, que Pony no se vendía..Pero ésta, no quiso escuchar ni una palabra. Se empacó, cerró la puerta de su habitación y se tiró en el piso a llorar y patalear.
Al día siguiente, sin decir nada a nadie, fue adonde se hallaban los chicos haciendo fila para pasear en el petisito y comenzó a gritar y a pegar a todos hasta que consiguió que le dejaran montar a Pony. Este, que de zonzo no tenía ni las crines, se dijo :-yo a ésta le voy a enseñar que tiene que respetar el turno y dar una vuelta como todos los demás... La dejó subir, mansito. Le dio la vuelta como a todos los chicos. Pero, cuando llegó al punto de partida se plantó. Hincó sus manos y de ahí no lo movió nadie. La chica, montada aún en su lomo, lloraba, gritaba y pataleaba. Mas, Pony hizo como que no la oía por un rato; y cuando se cansó, se plantó otra vez en sus cuatro patas y en vez de hincar sus manos, levantó con fuerza sus patas traseras y la niña consentida fue a parar... ¿saben adónde?...¡lo adivinaron!... a los pastos. Dio con su trasero arriba de una ortiga...mientras tanto, el resto de los niños comenzaron a cantar:- Pony es de los niños que quieren pasear.... Pony es de los niños que contentos están
¡ Qué vergüenza que pasó Mirella!
La primera vez en su vida que alguien no se rendía ante sus caprichos. Y era nada menos que un caballito.
Ninguno de los niños la ayudó a levantarse. Tuvo que limpiarse el vestido y caminar hasta su casa con el trasero muy dolorido. Y lo peor de todo fue que, Juan Pablo, su padre, y Julia, su madre, lejos de apañarla, la pusieron en penitencia y le ordenaron que fuera a pedir disculpas al dueño del caballito y a todos los niños a quienes había ofendido con su actitud.
Así fue como Mirella, con la cabeza gacha y muy modosita, pidió que la disculparan.
A partir de ese día, cambió. No se tiró más al piso a gritar y patalear ni se empacó como lo hacía antes. Se hizo buena y como todos los otros niños esperó impaciente a Pony, quien sin guardarle rencor la paseaba, una vuelta alrededor del parque y como a todos, la bajaba hincando sus dos manos y relinchando...
Mirella se transformó con el pasar del tiempo, en una joven bellísima que iba a bailar con todos los jóvenes que, como ella, dieron la vuelta en petiso. Y algo más, ¿saben con quién se casó ? pues con Marcelo, un vecino muy apuesto que desde que la vio por primera vez quedó prendado de su belleza.
Pony, el petisito travieso, continuó paseando día a día a todos los niños del barrio y los que querían hacer la fila, colmándolos de alegría.- JUANA C. CASCARDO.-
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